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Sunday, 4 August 2019

El boldo, Gabriela Mistral

Boldo macho, photo Pato Novoa

El boldo

Pasamos alborotados
de una ola de fragancia.
Demorar, mi niño, el paso,
gozar al aire su gracia.

Tan austeros como viejos
druidas en acción de gracias,
convidando con su gesto
a tomarlos de posadas.

Mienten sus hojas por rudas
que no son cosa cristiana,
pero vuelan por el mundo
sus hojas hospitalarias.

Corta, ponlas en tu pecho,
aunque son duras, son santas
y responden al que pasa
con su dulce bocanada.

-Dijiste que donde son
los árboles cosa santa
allí vamos a dormir
y a recogerles la gracia.

-Sí, sí, chiquito, olvidé.
Yo me llamo "Trascordada".
Aquí se duerme sin pena
doblando la trebolada.

Agradece, cara al cielo,
resplandores y fragancias.
¡Qué mal que duermen los hombres
en su agujero de casas!

Se desperdician las yerbas
y la ancha noche estrellada.
Acuesta al Ciervo con cuido
¡No se vaya de jarana!

Lo rodeas con el brazo
y le resobas la espalda.
-Se llama lomo dijiste.
¿Ves como estás trascordada?

Gabriela Mistral
Poema de Chile


Boldo hembra, photo Pato Novoa



Sunday, 2 December 2018

Helechos, Gabriela Mistral


Helechos

Dónde la humedad se guarda
asistidora y mansueta
y el resuello del calor
no alcanza a la Madre Gea,
suben, suben silenciosos
como unas palabras lentas,
en silencio suben, suben
estos duendes manos quietas.

Y cuando tienen la alzada
de la garza o el flamenco,
ya descansan y se quedan
latiendo de su misterio.
¡No pasar por ellos, digo,
dejarlos, que están durmiendo!
Porque sólo yo, fantasma,
ni los doblo ni los hiero.



Óiganlos dormir, dormir
sin moverles un cabello.
Ellos no viven ni mueren,
sólo escuchan el silencio,
y con el silencio hacen
cosa que no conocemos:
sueño de niños o danzas
de unos enanos traviesos.
Quedan así entredormidos
custodiando su secreto
y tal vez mi propio sueño.

Duerman los helechos altos
callados como un secreto,
sigan latiendo dormidos
así, callando y latiendo.

¡Qué dulce su frente fría
y su aspiración de cielo!
En el aire van y van
y restan, restan, quedados,
y se parecen al monje
que entrega en su rezo el alma.
Duerman los helechos altos
que yo guardaré su sueño.

Friday, 28 September 2018

Selva austral, Gabriela Mistral




Selva austral

Algo se asoma y gestea
y de vago pasa a cierto,
un largo manchón de noche
que nos manda llamamientos
y forra el pie de los Andes
o en hija los va subiendo.

Por más que sea taimada,
la selva se va entreabriendo
y en rasgando su ceguera,
ya por nuestra la daremos.

Caen copihues rosados,
atarantándome al ciervo
y los blancos se descuelgan
en luz y estremecimiento.

Ella, con gestos que vuelan,
se va a sí misma creciendo;
se alza, bracea, se abaja,
echando oblicuo el ojeo;
sobre apretadas aurículas
y otras hurta con recelo,
y así va, la marrullera,
llevándonos magia adentro...

Sobre un testuz y dos frentes,
ahora palpita entero
un trocado cielo verde
de avellanos y canelos,
y la araucaria negra
toda brazo y toda cuello...

Huele el ulmo, huele el pino
y el humus huele tan denso
como fue el segundo día
cuando el soplo y el fermento.
Por la merced de la siesta
todo, exhalándose, es nuestro,
y el huemul corre alocado
o gira y se estrega en cedros,
reconociendo resinas
olvidadas de su cuerpo.


Foto  Mono Andes
Está en cuclillas el niño,
juntando piñones secos
y espía a la selva que
mira en madre, consintiendo...
Ella, como que no entiende,
pero se llena de gestos,
como que es cerrada noche
pero hierve de siseos.

Cuando es que ya sosegamos
en hojarascas y légamos,
van subiendo, van subiendo,
rozaduras, silabeos,
mascaduras, frotecillos,
temblores calenturientos,
el caer de las piñetas,
la resina, el gajo muerto,
pizcas de nido, una baya,
unas burlitas de estiércol.
Abuela silabeadora,
ya te entiendo, ya te entiendo.

Deshace redes y nudos,
abaja, abuela, el aliento;
pasa y repasa las caras,
cuélate de sueño adentro.

Yo me fui sin entenderte
y tal vez por eso vuelvo;
pero allá olvido a la Tierra.

-Pero di adónde nos llevas
que, a lo mejor, vas "tocada".
Ya me he caído dos veces
y tú, "tú como que nada".
¿Qué es eso que se ve, di?
Es cosa viva y parada.
Y será que tiene frío
que se ve como engrifada.
¿Mama, alguna vez la viste?
Sigues sin saber de nada.

-Tú ya no crees en mí
sólo porque soy fantasma.

-¡Qué grande, y azul y quieto,
parece cosa embrujada!
Haz la señal de la cruz.
Yo nunca vi agua parada.

Lago Llanquihue Karsten-Rau
-Es tu lago de Llanquihue,
la más dulce de tus aguas.

Parece que está adorando;
sólo cuchichea, no habla.
Tal vez estará orando
y le sobran las palabras.

Pero se tiene un respiro,
una hablilla, una nonada.
No haber miedo de allegarse;
recibirle la mirada.
Nadie te miró tan dulce
y con tan larga mirada.

-Mama, es tan grande y apenas
apenitas da palabras.

-Siempre me sobró el hablar
con este Señor del Alma,
como la muda quedé
para recibirle el agua
y lavar en él mis vistas
como niña avergonzada.

-¿Y cómo lo llaman, di?
A ver si llamado, él habla.

-Oye: se llama Llanquihue,
el indio así lo mentaba.

-¿Y qué dice eso "Llanquihue"?

-¡Ay! para nosotros, nada!
Porque fue la vieja gente
la que, como Dios, mentaba,
y nombrar es un gran arte.
Tú y yo no sabemos nada.
Ellos nombraron palpando
criaturas bien amadas.
Emparentar se sabían
los sonidos con sus almas
y a dioses se parecían
toda cosa bautizando.



Sunday, 25 March 2018

Copihue, Gabriela Mistral

Photo: Garden of Eaden

Copihue

Por lo denso y lo sombrío
de nuestra Madre la Selva,
pasan, pasan y repasan
como gnomos que la peinan,
unos golpes de color,
unos gestos y unas señas.
Sí, en lo denso y en lo oscuro
es como si fueran gestos.

-De veras y son de dos
colores, lo estoy viendo.
Mama ¿qué son ellos, mama?
Para, para. ¿Por qué me sigues?
Para, que yo quiero verlos.
Me dijiste que la selva
no da flores, sólo leños.
¡Y qué lindas que las da
de repente! Como un cuento.

-Eso no es árbol, eso es
el copihue, nada menos.

-¿Por qué no lo hallamos antes?
¡Ay! deja verlo, paremos.
Se puede cortarle un gajo
mama, sí, mama, paremos.

Tú te lo sabes contado.
La fiesta, la fiesta es verlo.

-No más, no cortes, no más.
¡Tantos hay por el sendero!

-¿Tú te sabes el camino
mama? Pero dime: ¿es cierto?

-Los hay, sí, los hay, mi loco
porfiado, "te lo prometo".
¿Es que no te lo sabías
por la canción que le hicieron?

-Canción, canción, yo no sé
apenas silbar... al viento.
Sílbalo, sílbalo tú.

-Para qué, si está silbando
desde ayer el mismo puelche
y te dio miedo, sí, sí.
Paremos ¿quieres? Verás
que te toma y te gobierna.

-¿Quieres decir, mama, que
a ese loco le obedeces?

-Tal vez, chiquito. Me gusta
caminar con él, seguirlo,
hablarle a trechos, decirle
viejas palabras mimosas.
Él tiene cuarenta nombres
y uno le robé, sin miedo.

-¿Para qué, di, mama loca?

-Me lo hallé en tierras extrañas,
duro, juguetón, violento.
Las mujeres lo temían
como demonio de cuento;
a mí me doblaba el alma,
el respiro y el contento.

-¡Ay, mama! Será que es cierto
lo que de ti me dijeron.
Yo no lo quise creer
¡y era cierto, y era cierto!

¿Qué? Dilo, dilo, cuenta.

-Que tú eres mujer pagana,
que haces unos locos versos
donde no mientas, dijeron,
sino a la mar y a los cerros.

-¡Ja, ja, ja! Niño, parece
que todo lo que cruzamos
y todo lo que tenemos
y todo lo que alabamos
hemos de amarlo y lo amamos;
pero que no lo decimos
por locos o renegados.

-Mama, y no te aburres, di,
de caminar sin descanso
tierras ajenas, oyendo
ajenas lenguas y cantos.

-No me canso, no, chiquito,
a todos perdí en marchando.
La montaña me aconseja,
el viento me enseña el canto
y el río corre diciendo
que va a la mar de su muerte,
como yo, loco y cantando.